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[cap8] Aclaraciones del Autor (o El verdadero orden de las cosas)

  • 15 abr
  • 2 Min. de lectura

Mi abuela Cony no guardaba las cosas que se rompían. Y cuando le hablaban de la técnica japonesa del kintsugi decía que los japoneses debían aplicarse más el cuento del minimalismo, porque aquello demostraba que no podían dejar atrás el pasado. Pero al mismo tiempo conservaba manuales de instrucciones y guías de uso de distintos productos que ya había desechado. Supongo que era su forma de demostrarle al resto que todos, de una u otra forma, podemos ser contradictorios entre nuestras palabras y nuestras acciones.


A pedido de mi madre ayudé en la revisión de las cosas que habíanquedado en su casa luego de fallecer, y así fue como me encontré con su antiguapolaroid, y la caja que contenía las fotos que sirvieron como inspiración paralos relatos que leyeron anteriormente. Y aquí es donde viene mi sorpresa. Unaque estaba esperándome, justo frente a mis narices. Las fotos tienen en laparte trasera una palabra escrita de puño y letra por mi abuela, pero ademáspude notar que tienen un código único que había pasado completamente por alto.La caja que las contenía tenía un papel doblado con algunas instruccionesescritas en tinta y bajo este, una octava instantánea. La última que se tomóantes de que mi abuela la guardara para siempre. A continuación, les compartiréel extracto más importante del papel que ocultaba la última foto:



Y fue al ver este pequeño trozo de papel donde todo cambió, cobrando un sentido totalmente distinto. Dejándome llevar por lo que surgía al ver las imágenes y usando como base las palabras que mi abuela había escrito, simplemente inventé textos en apariencia desconectados, pero que parecen instantes retratados de una única historia. Una que me recuerda mucho a anécdotas que supe escuchar durante mis largas tardes de charla con ella. 


¿Estuve todo este tiempo escribiendo su vida? Mientras mantengo mi sonrisa, absorto en un asombro que me hace sentir su presencia, quiero creer que sí, que ella dejó estas imágenes con un fin, como los maestros chocolateros en busca de trascendencia, como las palabras que se colaron en mi cabeza, y sin juzgarlas las volqué en el papel.


Confío en que mi emoción traspasará estas páginas y volverán atrás, encontrando en ellas el orden correcto para así reconectar todas las partes de esta historia. Es más, les confieso que no fue hasta este mismo momento en que me detuve en una especie de epifanía y fui hasta el despacho de mi amada abuela, con el corazón acelerado. Encendí todas las luces y me dirigí al mueble que hace algunos meses está cubierto de polvo. Mis manos temblaban mientras sacaba uno a uno los álbumes envueltos en cuero verde. Había cuatro souvenires que se veían grabados con líneas doradas en las portadas de algunos de los álbumes. Aquellos que tenían las palabras Antártida, Ártico y Oceanía estaban vacíos, sin fotos. Al mover este último, un papel escrito con la bien conocida caligrafía de Cony cayó al suelo, inmortalizando un deseo a realizar: "Algún día, pisaré estas tierras sin siquiera pisarlas". 


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