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[cap7] Foto A-69: Envidia.

  • 8 abr
  • 5 Min. de lectura

Las olas iban y venían con fuerza sobre la playa, y varias personas estaban practicando deportes acuáticos. Las gaviotas se arrojaban al agua sin dudarlo, para salir con sus presas en sus picos, alejándose de allí en un coro de graznidos que se elevaba por encima del viento. La principal fuente del bullicio era de quienes disfrutaban de la playa con juegos, charlas y risas, que se extendían a lo largo de los seis kilómetros de arena volcánica. Entre ellos había tres personas que destacaban, no porque fueran famosos o de una belleza física única, sino por la energía que emanaban. Una mujer con un biquini verde esmeralda y una especie de camisolín calado hecho a crochet de color blanco, intentaba mantener el sombrero capelina en su lugar, pero entre los movimientos y el viento, tenía que sostenerlo y sus pelos se interponían en su tarea. Un hombre corría junto a un niño, ambos en short de baño a tono, de colores rojo, negro y el mismo verde esmeralda que la mujer. Las risas del niño atraían miradas alegres y también de reprobación por parte de las familias cercanas, pero no podía negarse que tenían una energía totalmente contagiosa.


— ¡Pedro! Más rápido... ¡ya casi alcanzas a papá!


— No, no no... no vas a alcanzarme.


— Ya casi, ya casi...


De repente la persecución se detenía y el padre abría amplios sus brazos, como si fueran garras, mostrando los dientes.


— ¡Ahora el oso de la playa los va a comer!


— No, no... ¡no mami!


El niño huía en dirección contraria, riendo a viva voz, en busca de su madre. La felicidad que emanaban era contagiosa, sin lugar a dudas. Habían estado construyendo castillos de arena, durmiendo bajo una sombrilla, zambulléndose por turnos en el mar, sacándose fotos, y habían optado en ese preciso momento por sacar de su bolso perfecto y feliz una pelota de playa.


Pero ella los veía de lejos, en silencio, y había abandonado la idea de seguir leyendo el libro que había llevado. El sonido de las olas, las gaviotas, el resto de turistas se habían transformado en parte del ambiente por lo que su mente no se oponía a ellos, pero esas risas, esa felicidad rebosante, ese juego tan inocente se le colaba en los tímpanos como si estuviera ocurriendo a pasos de la sombrilla bajo la que estaba refugiada.


La historia donde los protagonistas estaban en un vaivén emocional perdió sentido, y solo pudo pensar en su propio ir y venir con aquellos hombres con los que alguna vez se había comprometido.


La idea de la sombrilla como refugio le causó escozor detrás de la nuca. La había escuchado de la boca de su última relación fallida y siempre volvía a molestarla. Pensó en los hombres que pasaban por la playa y posaban los ojos en el blanco de su piel, o en el cabello rubio que le llegaba más allá de la cintura. Meditó sobre los que se animaron a acercársele, pero ella, sin moverse de su sitio, apenas si había levantado los ojos de su libro, fingiendo desinterés.


Y ahora ocurría que esa familia le traía, sin buscarlo, aquello que no se animaba a darse a sí misma: conexión, vulnerabilidad, amor, desafíos, planes a futuro...


¡PUM! La pelota de playa la sacó de su ensimismamiento cuando la golpeó de lleno en el rostro.


— ¡Disculpe señorita! No fue nuestra intención... el viento...


Era hermosa. Aún despeinada y con el vestido algo torcido se la veía una mujer joven, feliz y atractiva. Y eso le molestaba a más no poder.


Tomando la pelota con fuerza, pero sin entregársela aún, decidió dejar el libro a un costado, dispuesta a hablarle.


— ¿Eres feliz haciendo todo esto? ¿No te cansa un poco todo este acto?


— ¿Cómo dice?


— El acto. El pretender que tu esposo y tu hijo solo te arrancan sonrisas. Que no te importa verte despeinada, desarreglada o si tu cuerpo tiene marcas en la piel.


La mujer se detuvo un segundo, procesando lo que escuchaba de la mujer bajo la sombrilla. Abrió la boca para emitir una palabra, pero en su lugar soltó un suspiro.


— ¿Quién te hizo tanto daño?


La tomó por sorpresa y se arrepintió de haber hablado. El libro la miraba abierto en una página que había quedado mal doblada y en contacto con la arena. Se apresuró a devolverle la pelota y fingió seguir leyendo.


— No sé quién fue que te dañó de esa manera, pero si me permites un consejo te digo... No dejes que eso esconda quien eres, o lo que sientes cuando te imaginas como quieres que sea tu propia felicidad. Muchas veces nos encontramos con personas que están tan rotas, tan moribundas y metidas en sus propias miserias que es eso lo único que nos pueden dar.


— No me conoces.


— Te gustaría que ellos estuvieran en tu realidad, ¿no es así?


— No sabes lo que estás diciendo.


— Lo puedo ver en tus ojos. Lo he visto en otras mujeres. Desear que lo que a otras personas les pasa sea una farsa, una mentira, una máscara de algo podrido y triste que habita detrás. Pero no, no es así. Hay días en los que estoy cansada de ser esposa y madre, hay días en los que necesito ser solo una mujer. ¿Y sabes qué? Puedo. Porque me lo permito a mí misma antes de darle esa energía a alguien más. Lo supe desde el día en que decidimos embarcarnos en la búsqueda del tercero en nuestra felicidad.


El hombre se acercó a las mujeres, desconcertado porque de lejos se notaba que no estaban teniendo la charla más amistosa. Hasta el niño, que venía en sus brazos, tenía una expresión seria y había dejado de reír, tapando su boca con sus pequeñas manos regordetas.


— ¿Está todo bien, cielo?


— Sí. Sólo conversábamos con esta mujer sobre lo que es realmente importante en nuestra vida.


Luego de eso se alejaron caminando, cercanos uno del otro, intercambiando la pelota por el niño, que pidió que fuera su madre quien lo cargase.


Un calor le subió por las mejillas al notar que algunas familias cercanas habían mantenido silencio, para intentar escuchar lo que las dos mujeres habían hablado.


Retomó el libro en la página que había quedado mal doblada. La frase inicial hizo que lo soltara en dirección a su bolso sin preocuparse si se doblaba.


"No me pidas más que el veneno que me has inoculado con tu forma de tratarme."


La imagen de la familia feliz se le quedó grabada, aún horas después de haber dejado la playa, junto a la punzada que se hizo cada vez más intensa bajo sus costillas derechas.


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