[CAP6] Foto K-76: Obstáculos.
- 1 abr
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No podía pensar. No quería pensar. Si tenía que hacerlo era para concentrarse en las curvas y señales que la esperaban en las próximas horas, mientras manejaba. Se preguntaba porque había tomado la decisión de irse tan lejos del hogar de su infancia. Ahora más que nunca le pesaba sobremanera. Desde donde vivía no había ni vuelos, ni trenes ni colectivos que la llevaran hacia su destino, por lo que había decidido hacer el tramo de 1200 kilómetros en soledad.
— Tampoco es que tenga alguien para acompañarme.
Los primeros trescientos kilómetros no fueron problema, no había tráfico y el sol estaba ocultándose, por lo que todo fue muy tranquilo, aunque sus pensamientos estuvieran moviéndose como un mar embravecido. En cuanto las estrellas comenzaron a pintar el cielo oscuro, todo se volvió más complejo. La ruta se volvía demasiado monótona y había tramos donde ni siquiera había señalización alguna. El mapa que tenía en el asiento del acompañante no ayudaba mucho ya que lo había comprado en un local donde todo parecía sacado de una película antigua. Quería creer que se dirigía en la dirección correcta, y que para cuando el sol volviera a salir, solo le quedarían unas pocas horas de trayecto.
La oscuridad profunda solo era rota por los dos faros delanteros, hasta que algo se cruzó en su camino. Dando un volantazo para evitarlo, perdió estabilidad y pisó la banquina, por lo que el coche comenzó a dar tumbos y más tumbos, mientras que en el interior el mapa se había interpuesto en su visión, dejándola a ciegas de lo que pasaba. Solo sentía los tirones del cinturón de seguridad que le apretaban el pecho y presionaban un poco de su cuello, cortándole la respiración. Por alguna razón el sonido de la quinta rueda, la de auxilio, llamó su atención desde el baúl trasero golpeándose con lo que allí había, entre herramientas metálicas y otros objetos, todo lleno de polvo hacía meses.
Finalmente, la gravedad hizo su efecto y, luego de lo que parecieron horas de giros sin control, el coche quedó con una de las ruedas sobre la ruta en una posición extraña, y el motor se quejó, apagando todo el sistema por completo.
La imagen, vista desde fuera, podría ser la de un coche abandonado en medio de la nada durante un apocalipsis zombi. La imagen, para ella, volvió junto con el sonido en el momento en que sintió unos toques en el hombro.
— Despierta, solcito. Despierta...
Un rayo de sol le tocó el rostro y le costó ubicarse en sí misma. ¿Acababa de escuchar la voz de su madre? No podía ser. Ella... ella estaba lejos... e iba camino a verla... ella...
El canto de un pájaro la alcanzó y las imágenes de la noche anterior aparecieron como reclamando su atención. El airbag desinflado tenía aún un poco de aire, y le había oficiado de almohada sobre el volante cuando había perdido el conocimiento. ¿Cuánto había pasado de eso? Levantó la muñeca con un movimiento que le costó horrores y su cuerpo completo se quejó de ello. Las siete y cuarenta y cinco, y el sol comenzaba a salir por el horizonte, iluminando la nada misma que la rodeaba.
Su pecho ardía justo en la franja central, donde el cinturón de seguridad la había sostenido, pero con otro esfuerzo enorme lo desabrochó y empujó la puerta que había quedado abollada y perdido el espejo lateral.
Lo que ella pensaba que era la ruta, en realidad, era una especie de camino pavimentado que se abría hacia su derecha, y finalizaba unos metros más allá, con las parcelas a los costados. Su auto había quedado con una rueda sobre el asfaltado precario, oculto de la ruta central por maizales a su izquierda y derecha, uno de los cuales aún tenía los rastros del vuelco que había dado, pero se camuflaba perfectamente con el entorno salvaje y descuidado.
La rueda delantera se veía plana contra el asfalto, pero no parecía haber pérdidas de agua o aceite del motor, por lo que lo único que debía hacer era ir hacia el baúl, cambiarla y retomar su camino hasta dar con el próximo pueblo o encontrarse con alguien que pudiera asistirla. Sin demorarse un minuto, se acercó hacia el baúl y forzó la puerta que estaba un poco trabada. La imagen allí dentro no era para nada alentadora: una de las puntas de la llave de cruz se había incrustado en el neumático, dejándolo inutilizable como el que pretendía cambiar.
— Esto no puede estar pasándome. Esto tiene que ser una broma de mal gusto.
Con el llanto cayéndole por las mejillas, se rindió irremediablemente al torbellino de emociones que la invadieron y sus rodillas alcanzaron el suelo. Allí se dio cuenta que su suerte no iba a mejorar. Todas y cada una de las ruedas estaban tan planas como la más cercana al volante. Cinco ruedas y ninguna la iba dejar llegar a su destino.
— ¿Por qué ahora? ¿Por qué, de todos los días, tenía que ocurrir justo hoy?
Caminó hacia la ruta y su visión no le devolvió la imagen de ningún automóvil que se acercara. Observó el auto, se observó a sí misma, observó el cielo, que pasaba de un tono rosado a su habitual celeste diurno. El sol hacía que el rocío matutino comenzara a evaporarse, por lo que unas líneas se dibujaron ante sus ojos, como si recortaran cada centímetro de césped que ocupaba la banquina.
No le quedaba otra alternativa. Debía avanzar en la dirección en la que manejaba para llegar lo más pronto posible. Seguramente, al no llegar a tiempo alguien notaría su ausencia y la socorrería. O antes de eso aparecería un pueblo, una persona, algo que no la hiciera sentir cada vez más vacía y sola. Algo que no fuera un maldito palo en la rueda, un obstáculo que se sume a la lista de todos aquellos que la habían conducido hacia allí.
Volvió al coche y prefirió obviar los daños del mismo. Ya llegaría el momento de traer a quien corresponda para que se encargue de acercarlo a un taller, evaluarlo y (si era posible) repararlo. Dio una mirada alrededor para tratar de ubicarse un poco, y sus ojos fueron hacia donde estaba la huella de su vuelco en la parcela de un costado. Allí, sin vida, yacía el cuerpo de una zorra gris, rodeada de dos cachorros que temblaban y mostraban los dientes cuando se acercó. El pobre animal estaba con sus piernas extendidas en ángulos extraños, ensangrentado, y los pequeños colocándose ante el cuerpo de su madre para protegerla, ignorantes de su estado.
Eso la llevó a pensar sobre su propia madre y la salud que, desde que tenía memoria, había sido el gran tema entre ellas.
Toda su vida había tenido una distancia que ella misma había materializado en cuanto había podido. Una vez por año se veían y todo parecía marchar de lujo, salvo que cada vez que volvía al hogar de su infancia, su madre ya no era la misma. Le habían detectado alzhéimer temprano a los cuarenta, y aunque tenían todos los cuidados para mantenerlo bajo control, los últimos veinticinco años había visto como la mujer que le había dado la vida se apagaba poco a poco, vez a vez. Hasta que en la madrugada del día anterior había recibido la llamada, definitiva, que requería por ella.
— Su estado ha empeorado mucho, pero quizás, si estás aquí para mañana podrías llegar a despedirte. —le había dicho la voz, del otro lado del teléfono. — Quizás esta sí es la última chance que tengas de ese último abrazo, dejando las diferencias a un lado, para que pueda partir en paz.
Lo había meditado. Y con esas palabras y mucho más en mente, había armado un pequeño bolso y se había subido al coche a última hora del día.
Pero ahora, luego de semejante experiencia, estando viva de milagro, otro pensamiento se instaló en su pecho, detrás del moretón creado por el cinturón de seguridad:
¿quería realmente quedarse con ese último recuerdo de su madre, o prefería engañarse, como los pequeños animales que tenía en frente, y creer para siempre que la mujer que fue hábil, inteligente y bella, se había marchado sin despedirse?
Una frenada la sacó de sus pensamientos y los cachorros corrieron instintivamente a esconderse entre las altas plantas de maíz.
— Señorita, ¿se encuentra usted bien? —un hombre alto, de hombros anchos, vestido con bombacha de campo y camisa a cuadros se acercó a ella, bajando de una camioneta antigua, similar a la que sus padres habían tenido años atrás.
— Estoy bien. Anoche he tenido un accidente y mi coche está inutilizable. Necesito que me lleve al pueblo más cercano para poder comunicarme con mis familiares.
— ¿Viajaba sola? ¿Alguien más ha salido herido? —dijo acercándose, con expresión preocupada. Su fragancia era una mezcla entre los aromas del campo y una colonia algo amaderada.
— Sí. Siempre viajo sola. Nadie... más que... yo. —había espaciado esas últimas palabras, controlando un suspiro que parecía preceder al llanto.
— Puedo acercarla al pueblo anterior si lo desea. Está a unas cuatro horas de viaje.
— ¿Y dónde se encuentra Ciudad Cornelio?
— A ocho horas, manejando por esta misma ruta. ¿Hacia allí se dirigía?
— Sí, tengo que visitar a una persona con urgencia.
— Puedo llevarla, si usted quiere. Tengo suficiente combustible. —la observó con sus ojos claros y frunció los labios detrás de un bigote perfectamente recortado— ¿Realmente se encuentra bien?
— Estoy bien. Prometo ir al médico en cuanto lleguemos a mi ciudad.
Ella tomó sus pertenencias, escribió una nota en letras grandes, con su nombre, teléfono y dirección y la dejó a la vista dentro del coche. Luego se acercó al hombre que le abrió la puerta para dejarla subir a la camioneta, y ambos partieron hacia su destino, continuando la ruta que había quedado trunca la noche anterior.
En la vida hay muchas situaciones, personas, objetos, que pueden terminar transformándose en obstáculos. A veces, nosotros mismos somos nuestro propio freno, nuestra propia piedra en el zapato, que molesta al andar. Pero, así como hay desafíos para la vida, también los hay para la muerte. Y el cinturón de seguridad había sido eso, para mantenerla en este mundo.
La presión del cinturón, y el ronroneo de la camioneta bajo su cuerpo le hicieron recordar los antiguos viajes al campo con sus padres y como esa sensación de estar siendo acunada la relajaba tanto. Un toque en su hombro la despertó, mientras el motor se detenía frente a la casa de su infancia.
Despierta, Solcito. Despierta. Mamá ya no está contigo, pero siempre te llevará en su corazón.


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