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[CAP5] Foto H-59: Traición.

  • 25 mar
  • 3 Min. de lectura

El fondo de nubes se veía gris y denso, oficiando de escudo ante los rayos de sol que no alcanzaban el otro lado. Una figura sentada en un espigón de madera, observaba un lago enorme, rodeado de parcelas de tierra en distintos tonos de color ocre. El cabello largo casi tocaba las maderas desgastadas por el viento y el tiempo, pero la mujer no se preocupaba por ello. El pelo se movía sutilmente, en un suave vaivén, como el oleaje que acariciaba las orillas repletas de piedras.


Aquel lugar la reconfortaba porque era funcional a su interior, a todo eso que le pasaba por el pecho en ese preciso instante. Aquel lugar cambiaba con el tiempo, con las estaciones, y si bien una vez supo ser verde y luminoso (en la primavera), ahora le estaba dando el espacio de soledad, frío e introspección que necesitaba. Podría odiarlo, podría no querer pisar cada una de las maderas que componían esa estructura. Allí había vivido hermosos momentos. Había abrazado, besado, sonreído; hasta en un arranque de pasión, con la luz de la luna menguante iluminándolos, había hecho el amor desaforadamente, años atrás. Pero no, no podía odiar el lugar porque en ese momento toda la nube negra, y mucho más densa que las del cielo, estaba puesta en su pecho, consigo misma.


Ya no te amo. Hace tiempo no te amo.


Lo sabía.


No eran las palabras de él las que le habían dolido, sino las de ella misma. Ella sabía hace tiempo que sus besos, sus miradas, el toque de sus manos ya no se sentía como antes.


No quiero que te enteres por otras personas, pero tengo que decirte que estoy conociendo a alguien.


Lo sabía.


La verdad, al fin. La verdad que podía volverla libre, aunque doliera, y a ella solo le habían brotado esas dos palabras. Porque sí, en su interior todo era confirmación. Todo se iluminaba y las piezas encajaban: el tiempo que se habían tomado para extrañarse, para pensar, para encontrarse a sí mismos, no era más que una tabla floja en la estructura que ambos habían construido.


Y llevo viéndola hace unas semanas. Me muero de vergüenza al decirte esto, pero la besé. La besé mientras estábamos juntos y me sentí el peor del universo.

Esa vez había guardado silencio. Había sentido el impulso de levantar el brazo, no sabía si para darle una cachetada, empujarlo, arrojarse al lago... Su cuerpo se había quedado congelado como el agua que formaba una fina capa cada invierno, sobre la que algunas aves solían caminar.


¿No vas a decir nada? Estoy diciéndote que me siento el tipo más basura de la Tierra y vos... Vos siempre...


¿Yo siempre qué? ¿Qué es lo que esperas de mí?


Algo. Una reacción. Un grito. Un golpe. Un insulto.


¿Serviría de algo? No cambiaría las cosas... No volverías a amarme ¿o sí?


No.


Lo sabía.


El la observó, con lágrimas cayendo por sus mejillas, escudadas tras los anteojos enormes con marco negro. Ella se quedó, como congelada, mientras él caminaba hacia la costa, haciendo rechinar a su paso las maderas desgastadas y grisáceas con sus clavos oxidados.


Lo sabía. Lo sabía... ¡Lo sabía...!


En el momento en que arrancó el coche, y el ruido del motor se escuchó lo suficientemente lejos, había caído de rodillas. Fue la primera vez en mucho tiempo que se permitió soltar todo aquello que llevaba dentro. Con cada sollozo sentía como si el corazón se le congelara un poco más, a medida que la sangre fluía por él. Arteria, aurícula, ventrículo, arteria, vena, aurícula, ventrículo... cada uno volviéndose hielo y el pecho doliéndole como aquellas veces en las que se forzaba a aguantar la respiración bajo el agua más de lo debido.


Pero ahora no estaba nadando, no estaba besando, no estaba haciendo el amor desaforadamente. Estaba sintiendo cada músculo de su cuerpo temblar y sin que el frío tuviese que ver en ello. Se sentía usada, pisoteada, traicionada. Ella misma había pasado por alto su intuición, su sensación de incomodidad y no había oído esa voz interior que todos tenemos y que nos dice cuando algo no está bien. Y eso la enfurecía aún más. Se juró nunca más volver a enamorarse, a mirar a alguien a los ojos y abrirle las puertas de su alma, ni su casa, ni su cuerpo.


Pero las almas oscurecidas y tristes crean oleajes turbulentos, atrayendo a bestias que se ocultan en lo más profundo, junto al barro. Y para sanar, quizás, tenemos que transformarnos en uno de esos monstruos que se alimentan de lo más pútrido antes de salir a la superficie. Al ver la luz del sol, arrastrarnos hasta la orilla y salir, paso a paso, hasta encontrar el camino que nos toca seguir.


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