[CAP3] Foto A-84: Vocación.
- 11 mar
- 5 Min. de lectura
El mueble lo había heredado de su madre. Y ella de su abuela. Había sido fabricado con una madera que un siglo después, aún conservaba su brillo y su belleza. Pero en el afán de renovar la visual de su despacho, había cometido un sacrilegio que por poco no levanta a su abuela del cementerio para volver a matarla al ver su intervención del mueble. Las puertas talladas y con molduras habían desaparecido, dándole paso a unas de vidrio, con agarraderas de hierro negro. Un tubo de luz blanca iluminaba el interior que tenía estantes de vidrio, e iban a juego con el de las puertas.
En los estantes más bajos había algunos adornos, souvenires que, a primera vista, no tenían nada que ver los unos con los otros. Pero si uno se acercaba lo suficiente, podía encontrar la relación entre ellos, al ver las fotos que los acompañaban. En lo más alto, iluminados por la luz nacarada, había siete álbumes forrados en cuero verde oscuro con detalles dorados, cada uno con una palabra en el lomo.
África. América. Antártida. Ártico. Asia. Europa. Oceanía.
Cada álbum contenía recuerdos de momentos donde se había permitido ser, sin importarle qué voces estuvieran allí, opinando sobre sus pasos. Había fotos de las que se sentía orgullosa. Había otras que aún hoy la contrariaban y soñaba con volver allí, cargada de toda su nueva experiencia, para poder mejorar el trabajo. Pero todo tenía su tiempo y su forma de ser capturado en una imagen. Un instante único e irrepetible que no volvería jamás y lo hacía especial, incomparable, muy a pesar de su perfeccionismo.
Como cuando Dios había terminado la creación y al séptimo día decidió descansar. Si hubiese chasqueado los dedos y reiniciado todo ya no podría hacerlo de la misma manera. Lo haría mejor, o peor, pero no habría nada más que lo existente para comparar su propia obra.
Ni bien notó que estaba comparándose con lo divino, decidió abrir la vitrina para tener una dosis de realidad y humanidad, de imperfección. Ella siempre había sido muy crítica de lo que los hombres, en nombre de las distintas religiones, habían hecho en el mundo. Pero no podía negar que la arquitectura que había visto a lo largo del globo siempre la tomaba por sorpresa y la dejaba obnubilada todas y cada una de las veces. Y justamente eso es lo que ella amaba de conocer distintos lugares: las maravillas que la esperaban en todos los rincones, en los más visitados y en los más ocultos. Amaba retratar cada uno e inmortalizar su punto de vista, a la gente que paseaba junto a ellos, ignorando si volverían a pisar esas calles en otro momento.
Seguir el camino prestablecido es la opción fácil. No pensar, no cuestionarnos, simplemente llegar al lugar, sacar la foto con la sonrisa y la pose más artificial que se nos ocurra para no arrepentirnos luego, ya que no podremos repetirla. Esos álbumes tenían fotos buenas y fotos artificiales. Imágenes que mostraban la belleza de lo imperfecto y la falsedad de lo impoluto, por eso no solía abrirlos tan seguido. Había otros álbumes, que no estaban iluminados o forrados en cuero, que eran los que conservaba con mucho más cariño. Hasta con recelo, podría decirse, de que otras personas pudieran ver lo que contenían y echar un vistazo en el interior de su alma, de lo que realmente la hipnotizaba del mundo.
Había una foto puntual, que había tomado hacía varios años, en una librería de una ciudad junto al mar. Una tormenta estaba avecinándose y se encontraba lejos del lugar donde se hospedaba. Buscó refugio en un edificio antiguo con un cartel fuera que no paraba de moverse por el viento que había comenzado a soplar. Al entrar, la calidez del lugar la abrazó, haciéndola caer en cuenta del frío del exterior. Las luces teñían todo de un color anaranjado, como si el otoño se hubiera manifestado al cruzar la puerta. El aroma a café y libros la envolvió por completo. Un hombre estaba sentado en un sillón, absorto, escribiendo con entusiasmo en una especie de diario recubierto en cuero. Ella se aclaró la garganta para avisar de su presencia.
—Discúlpeme, señorita, no la oí entrar.
—Hay una tormenta fuerte afuera, ¿le molesta si me quedo aquí hasta que pase?
—No veo porque eso sería un problema. Tome asiento. ¿Puedo servirle algo para tomar?
—Por supuesto. Lo que pueda ofrecerme está bien.
El hombre había dejado su diario a un costado, usando una cinta de color borravino como marcador, y había desaparecido hacia una habitación contigua. Ella aprovechó y tomó su cámara para retratar algunas imágenes. La luz captada allí emanaba una paz que contrastaba de manera perfecta con el caos que se desarrollaba más allá de las ventanas, donde podía verse como la tormenta azotaba los pobres árboles haciéndoles perder sus hojas antes de tiempo.
—Tengo chocolate caliente. —había dicho el hombre, volviendo con una taza humeante en sus manos.
—Muchas gracias. Y disculpe la intromisión. —aclaró ella, al ser atrapada tomando fotos in fraganti.
—No se preocupe. Todos tenemos nuestros pequeños vicios... —tomó el anotador con ambas manos, como mostrándoselo y se ubicó en un sillón de un cuerpo, invitándola a sentarse en otro igual, que se encontraba del otro lado de una mesa ratona.
—¿Escribe?
—Intento. Mi pasión por los libros me llevó primero a leerlos, luego a venderlos y, recientemente, apareció el deseo de escribirlos.
Ella iba a responder, pero el delicioso aroma, sabor y textura del chocolate que bajó por su garganta la sorprendió, por lo que tomó otro sorbo mientras él la observaba en silencio, sonreía y anotaba un pensamiento que parecía haberse colado en su mente.
—Delicioso. Hace mucho que no pruebo algo tan sabroso.
—Los maestros chocolateros llevan su pasión a otro límite, ¿no le parece? Tengo más por si quiere repetir una vez lo termine. Extrañamente hoy he preparado más de lo que suelo hacer.
—Gracias. Por ahora está bien. Dígame... ¿qué escribe?
—Ideas, pensamientos, emociones... visiones subjetivas de mi día a día y de aquello que, si no lo registro, puede que se pierda para siempre. Un poco como lo que, imagino, hace usted con esa cámara. ¿No es así?
—Sólo soy una mujer curiosa, que quiere retratar lo que la maravilla del mundo.
—Lo dicho. Somos dos curiosos con sus formas curiosas de registrar lo que los rodea para la posteridad. Como los maestros chocolateros. La planta de cacao para otras personas puede ser solo una planta, pero ellos ponen alma y vida en transformarla en algo más. Con su alquimia particular logran dejarle algo al mundo para que personas como usted y yo en este momento disfrutemos aún más de lo que nos apasiona hacer.
Luego habían venido minutos de silencio. Él había retomado su escritura y ella se había limitado a observarlo, mientras saboreaba el chocolate y se calentaba las manos tomando firmemente la taza. La luz exterior había migrado. El viento había cesado pero las gotas de lluvia golpeaban los vidrios con vehemencia. El ocre de las lámparas se había transformado lentamente en un brillo dorado que le daba a todo un tinte etéreo.
La mano había estado llevando el bolígrafo sobre el papel como danzando, pero se había quedado a un milímetro de él por unos instantes, mientras el hombre buscaba (con la mirada perdida más allá de la lluvia) las palabras para expresar eso que llenaba su alma en ese momento. Ella tomó la cámara y sin pensarlo mucho, presionó el botón.
La ansiedad se había apoderado de ella en los minutos previos a que la imagen se revelara. Y aún en ese momento presente, con los álbumes forrados en cuero a un palmo de distancia, recordaba aquella sensación que precedió a muchas tazas de chocolate caliente para dos.
Esa foto era una de las que no se colocaban en un álbum. Esa era una de las que se guardan y se mantienen en la intimidad, porque contienen instantes perfectos capturados en el ámbar de la eternidad. Fue con esa, y no otra, cuando pudo aceptar que de verdad la apasionaba y no pararía hasta mostrarle al mundo que había nacido para eso.


Comentarios