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[CAP 4] Foto J-61: Miedo.

  • 18 mar
  • 4 Min. de lectura

Los árboles están juntos, pero uno de ellos ya no está en este mundo. Un incendio de dos veranos atrás había convertido la savia en un jugo viscoso y oscuro como el petróleo, que recubría el interior hueco del tronco.


Ambos habían sido plantados al mismo tiempo, hacía décadas, y un solo rayo fue necesario, en medio de la tormenta, para acabar con él. Si la lluvia torrencial no se hubiese desatado poco después, su compañero que se erguía a menos de cinco metros a su izquierda hubiera seguido su misma suerte.


Era la segunda vez que visitaba aquel hotel en medio de la nada y le habían asignado la misma habitación. La misma ventana, misma época del año. El invierno se colaba bajo las puertas y por los bordes de los marcos de las ventanas, demostrando su poderío. El árbol que (se supone) seguía vivo agitaba sus ramas desnudas de aquí para allá a causa del viento que sacudía todo a su paso y silbaba alrededor de la casona antigua.


La dueña del lugar le había contado sobre una antigua leyenda de dos amantes que habían ido en contra de sus familias y recibido una maldición por ello. Sus almas habían sido atrapadas en dos árboles antiguos, cerca uno del otro, pero sin llegar a tocarse. No había árboles tan altos como esos dos a kilómetros a la redonda. La dueña del lugar había oído a su abuela contar esa historia miles de veces, por lo que la replicaba a cada huésped que decidía pasar una o varias noches allí. Pero había más: si uno de los árboles moría, su alma no abandonaría el lugar, sino que, imposibilitada de acercarse a su amante, vagaría por los alrededores por toda la eternidad, errando, y cuidando que nadie se acercara a su ser amado. La maldición advertía: "...no crecerá el pasto bajo su sombra y ni los cuervos querrán posar sus garras alrededor de sus ramas, pues la soledad absoluta les espera a aquellos que han roto las reglas del deber, pisoteándolo con las ingenuas ideas sobre el amor".


Quizás estaba sugestionada, o quizás si había escuchado gritos de una mujer por la noche. O tal vez era solo el viento, volviéndose a colar por la ventana y recordándole que aquella cama de dos plazas era demasiado grande para ella, aunque estuviera rodeada de almohadones y cubierta con un sinfín de mantas que la escudaban del frío.


Lo cierto era que si proyectaba las ramas del árbol vivo e imaginaba que las del seco se extendían por igual, no era posible que llegaran a tocarse. Y aunque había salido viva de allí la vez anterior, sentía que en esta ocasión había allí algo distinto. Algo no estaba bien en la casona, en la dueña y en los alrededores. Se sintió de repente en una película donde en cualquier momento aparecería una presencia desde la esquina oscura de la habitación, o un tipo con una máscara y un hacha afilada en su mano.


Soñó que era un árbol y que talaban sus ramas; soñó que la perseguían los amantes que tenían la piel de madera y con nudos en vez de ojos. Soñó que tenía a la persona que más amaba a la vista, pero no podía alcanzarlo para darle un abrazo, y sabiendo que nunca podría hacerlo, se sintió presa de una angustia absoluta. Despertó con un silbido que se coló por la ventana y golpes en su puerta.


— ¿Señorita? Buenos días. El desayuno está servido. Puede bajar a tomarlo ahora, si lo desea.


— En unos minutos bajo. Gracias, señora. — Había pronunciado, con su voz más ronca de lo normal.


Le dolía el cuerpo, le molestaba la luz que se colaba tras las cortinas con dosel y las almohadas que se escondían entre las sábanas, apretadas contra su cuerpo.


Minutos después tomaba de forma automática el café, que humeaba en la taza nacarada con detalles de flores y ribete de oro. Su mirada atravesó la galería, los amplios ventanales, y volvió a los árboles, desprovistos de pasto a su alrededor.


— Nunca creció nada de lo que intentamos plantar para cubrir esas superficies de tierra.


La dueña había seguido su mirada y, como si tuviera el don de la telepatía, había encontrado el hilo de sus pensamientos.


— ¿Tampoco intentaron talar el árbol quemado?


— ¿Y arriesgarnos a la ira de los amantes?


— Pero... son solo supersticiones. ¿De verdad creen en lo que dice la leyenda?


— Somos personas de vivir sencillo. No esperamos mucho de la vida, pero sabemos cuándo algo en ella puede desestabilizarla. Preferimos no perturbar a los amantes, y vivir tranquilos de que solo ellos sufren las consecuencias desgraciadas de sus elecciones.


Aquellas palabras la habían dejado en silencio y continuaban en su cabeza cuando salió a dar un paseo por el sendero que rodeaba el bosque contiguo a la casona, camino al arroyo.


Sí, algo no estaba bien. De hecho, si era totalmente sincera, la que no estaba bien era ella, con ella misma.


Un escalofrío la recorrió al tener ese minúsculo pensamiento, porque terminaba por aceptar que la historia de los amantes le reflejaba su propio pavor a estar maldita, a no poder amar, a vagar como un espíritu por el mundo sin poder abrazar a esa persona que la abrigue y contenga, si es que realmente existía en este momento de la historia. Quería sentirse como el árbol desprovisto de hojas, con sus ramas desgreñadas y asimétricas, similares a patas raquíticas de alguna araña torpe enredada en su propia tela. Pero no, ella sabía que era en el árbol hueco, quemado, y destrozado en donde se encontraba más reflejada.


El día de su partida llegó antes de lo esperado. Por el espejo retrovisor observó una última vez a los árboles y se dejó atravesar por el miedo, reconoció que la soledad se había instalado en su alma hacía tiempo y apretó fuerte el volante con sus manos. Lloró tanto que tuvo que detenerse a un costado del camino.


No sería un tronco hueco y desprovisto de vida, aullando por las noches, vacía de amor. Iba a encargarse de que la primavera llegara para ella, plantándose una y otra vez en distintos puntos del globo si era necesario, hasta encontrar su parcela de tierra, donde infinidad de flores crecieran bajo sus pies.

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