[cap 2] Foto G-72: Rechazo.
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Sostuvo la cuarta copa frente a ella luego de vaciarla. La aceituna estaba aún atravesada por el escarbadientes de plástico con forma de espada. Dos cervezas, dos daiquiris. Y podría tomarse muchos más si seguía esperando, pero el mareo que sintió al incorporarse para ir al baño le indicó que ya era suficiente.
— ¿Cuándo será suficiente? — se preguntó. —¿No han sido ya demasiados intentos, demasiadas esperas?
Alcanzó el baño y al llegar se mojó el rostro con agua fría. Otras mujeres entraban y salían riendo de allí, pero parecían no verla. Se miró al espejo y se encontró ajena a su reflejo, por lo que no podía culparlas. Muchas de ellas eran jovencitas que tenían en sus ojos un brillo del que ella carecía. O al menos hacía mucho que no veía en sí misma. Volvió a la barra un poco más despierta y notó que las copas seguían allí, recordándole su situación. Miró instintivamente hacia la puerta al escucharla abrirse, pero fue un hombre desconocido y de gestos duros quien la había abierto, dejando que el frío exterior se colase tras de sí. Algunos insultos de quienes estaban cerca de la puerta se dejaron oír y ella se volvió hacia el bartender para pedir la cuenta.
— Esta la invito yo. —se escuchó, tras su espalda.
El desconocido dejó su gorro de lana tejida a un lado, mientras se desprendía el abrigo y lo apilaba sobre la bufanda, para sentarse en el asiento vacío a su izquierda. Sus facciones estaban ocultas tras una barba abundante y un pelo algo desprolijo que intentó peinarse con dos o tres pasadas de sus manos, que se veía grandes y firmes.
— Gracias por el ofrecimiento, pero estoy esperando a alguien.
— Veo que ha sido una espera larga.
Lo observó mordiéndose el labio para no insultarlo. Por un segundo odió al bartender por no haber retirado los vasos y las copas, pero cayó en cuenta que todos tenían las marcas de su rouge en los bordes.
— ¿Qué lo lleva a pensar que todas esas bebidas son mías?
— A menos que todas las mujeres de la ciudad utilicen ese mismo color de pintalabios, diría que has tenido una buena dosis de alcohol antes de mi llegada.
— De verdad estoy esperando a una persona.
— Perfecto. En cuanto llegue abandonaré mi asiento, pero mientras tanto... Moritz...—dijo, dirigiéndose al bartender—... un whisky on the rocks, por favor. Y otro daiquiri para la señorita, si lo desea.
Ella observó al bartender, algo avergonzada porque no le había preguntado el nombre, y el desconocido parecía saberlo. Con un asentimiento aceptó la invitación y vio como el hombre del otro lado de la barra retiró las copas, pasándolas por un hueco a un costado donde manos cubiertas con guantes de goma las tomaron. Minutos después la copa y el vaso estaban colocadas una junto a la otra de la mano del bartender.
— Gracias, Moritz. —dijo el desconocido, posando un billete sobre la barra y acercándoselo al otro hombre.
— De nada, señor. Un gusto volver a verlo por aquí.
La mujer los observaba en su juego de cortesía y pensaba hombre blanco y hombre negro, servido y servidor, ambos correctos y amables. No creía una palabra de todo eso. Viendo como la historia se había desarrollado, como el color de piel era un distintivo para demostrar la supuesta calidad de una persona, y no podía creer, así como así, esa amistad fingida entre ambos lados de la barra de un bar. Los hombres demostraban cada vez que podían su superioridad, ante otros hombres o ante las mujeres, y aquel momento era una doble confirmación de sus pensamientos.
Se arrepintió de haber aceptado aquella copa y aún estaba a tiempo para salir de allí, si accionaba rápido.
Un tintineo la sacó de sus pensamientos y la botella de ron en la que estaba posando su mirada perdió importancia. El desconocido estaba golpeando sutilmente el cristal de su vaso contra la copa de daiquiri.
— Salud por el pensamiento que se llevó tu atención.
— Moritz, la cuenta, por favor. —dijo ella, ignorando al desconocido, y dirigiéndose al otro hombre.
— Vamos... ¿no estabas esperando a alguien? No creo que haga daño alguno el tomar una copa más...
— ¿Con un desconocido?
— Nada mejor que conocer a un desconocido en el calor y la seguridad de un bar mientras se tiene una larga espera.
El bartender le acercó la cuenta y ella le entregó dos billetes, haciendo un gesto con su mano para que se quede con el cambio. Rápidamente se incorporó y comenzó a abrigarse, disponiéndose a salir. Tomando una caja de cigarrillos de su cartera, sacó uno de ellos y se dirigió al exterior.
— Buenas noches.
Como esperaba, el desconocido salió tras de ella, tomando su abrigo y caminando hacia la fría calle, generando insultos de los más cercanos a la puerta otra vez.
— ¡Espera! Hace frío y está oscuro.
— Lo sé. Es invierno y es de noche, me preocuparía si no fuera así.
— ¿Podemos comenzar de nuevo?
— ¿Comenzar qué? ¿Este acoso? Podría llamar a la policía en un segundo.
— Podrías no haber aceptado mi trago. Podrías haberte ido antes. Podrías, podrías, podrías... mucho condicional pero la realidad es otra.
— ¿Y cuál es? Ya que eres tan sabio...
— Alguien te plantó en ese bar y estás enojada con los hombres. Pero no es sólo conmigo, no es sólo con quien no se presentó a tu cita... es con todos...
Ella encendió el cigarrillo, dio una calada y continuó su caminata. El terminó de abrigarse y la siguió, intentando no invadir más su espacio personal.
— Sí, me plantaron. Sí, no es el primer hombre que me decepciona. Y sí, no eres el primero que quiere aprovecharse de ello y demostrarme lo "equivocada" que estoy. ¿No son esas tus intenciones?
El soltó una carcajada que se elevó en el aire con forma de vaho, por el nivel de análisis y sinceridad que la mujer le había demostrado.
— ¿Eres investigadora o algo por el estilo? Porque si lo eres, perderás el trabajo pronto...
— Soy periodista. Eso es lo máximo que puedo contarte en este momento.
— Bien, señorita periodista. Debo decirle que ha seguido una pista falsa. Y que sus suposiciones están erradas en parte. Sí, entré al bar buscando refugiarme del frío y luego de un encuentro desastroso con la que podría haber sido la madre de mis hijos, si no me hubiera confesado que no me amaba más y que se iría al otro lado del mundo a vivir su sueño profesional.
Ella se detuvo, giró en seco y lo miró.
— ¿Eso le dices a las mujeres para que te tengan lástima? ¿Cuántas caen en ese ardid?
— Entendido. No debí sincerarme tan rápido ni tan profundo.
— Ni haberme invitado una copa, o seguido al exterior, o intentar convencerme de no sé qué...
— Otro error más con las mujeres y van... —dijo él, girándose nuevamente en dirección al bar. Luego giró nuevamente y continuó hablándole. — Pero para que sepas... los errores nos hacen aprender. Y no tenía nada que perder cuando entré en el bar. Ya no pierdo más cuando me equivoco. Su rechazo, al igual que el tuyo, me enseña lo mucho que no acepto de mí mismo y mi soledad. Y quizás tuvimos que coincidir en esa barra, con Moritz de testigo, para que estemos teniendo esta charla...
— Pocas cosas me dan tanta molestia como la gente que busca coincidencias en cada paso que da.
— Por algo será. No tomas cuatro copas en solitario y aceptas una más de un desconocido si tu corazón está focalizado en ti y en tu autoestima.
— Déjame en paz.
— Sus deseos son ordenes, señorita periodista.
El hombre volteó y caminó unos pasos hacia el bar cuando la mujer volvió a hablar, llamando nuevamente su atención.
— Todos son iguales. Para que sepas, sí estaba esperando a alguien en el bar. Pero a estas alturas debería dejar de esperar. Debería entrar en razón y entender que a la gente no le importa el resto. Ni sus hijos, ni sus parejas, ni sus amigos... No pueden con el compromiso entonces huyen, porque es más fácil eso que el aceptar que la cuota de amor que pueden dar es tan mediocre como sus vidas y sus sentimientos. Que no se aman a sí mismos y por eso les da miedo poder ser amados por alguien más.
— ¿Pero de quien estás hablando al decir eso? Me suena mucho más a una declaración emocional de lo que sientes por el resto, de lo que el resto alguna vez habrá dicho sobre ti.
Ella lo observó en silencio. Las farolas de la calle hacían que sus ojos verdes resaltaran entre la lana del abrigo, la bufanda, el gorro y su barba poblada. Nunca había sentido lo que estaba sintiendo en ese momento. Era una especie de epifanía donde cada palabra que había pronunciado se colaba junto al aire helado, se metía en sus pulmones y le llegaba al corazón para abrazarla por dentro, para hacerla sentir desnuda, vulnerable, pero a la vez comprendida y contenida en una especie de nido cálido.
El ruido de un motor se escuchó segundos después. Él iba al volante, y pasó frente a ella, perdiéndose en la esquina, sin mirar atrás.
El cigarrillo cayó al suelo a medio consumir, y ella avanzó en la noche acurrucándose dentro de su abrigo largo, sintiendo una mezcla de sensaciones y de temperaturas que nada tenían que ver con la estación, con la noche ni con que estuviera caminando a escasos metros del paseo marítimo.
Al llegar a su casa ycerrar la puerta de entrada sólo pudo dejar a un costado su abrigo y arrojarsea la cama sin más. El nido cálido de las palabras que aquel desconocido habíapronunciado se había transformado en un nido vacío. Vacío, sobre todo, de ella misma.


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