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[cap 1] Foto M-81: Compañía.

  • hace 4 días
  • 4 Min. de lectura

Ese banco del parque era de lo más común, es más, si uno se acercaba seguro veía que estaba oxidado, torcido y tendría chicles pegados debajo de las maderas. Y sí, la pareja estaba sentada pero no parecía importarles ninguno de esos detalles. No paraban de besarse apasionadamente, apretarse, acariciarse, al punto que los transeúntes les lanzaban miradas incómodas, tosían al pasar o inclusive soltaban frases, escandalizados, sin preocuparse por bajar el volumen.


—Mis padres estarán fuera todo el fin de semana. Lo que voy a hacerte no se compara a nada de lo que hayamos hecho antes.


—Shhhh... ¡baja la voz! Creo que la gente nos está mirando raro...


—¿Y qué me importa la gente? Ya quisieran ellos tener la suerte que tengo yo, de poder llamarte mía para siempre.


—¿De verdad lo crees?


—¡Por supuesto! Nada ni nadie nos separará y este fin de semana te lo dejaré más que demostrado.


Se besaban, de nuevo, con una intensidad y un desparpajo que llevó a que un oficial de policía se les acercara para pedirles que se moderen. Minutos después volvían a lo mismo. La advertencia, una vez que el hombre estuvo lejos, había perdido su efecto. Los dos jóvenes seguían de forma desfachatada y fogosa demostrando su afecto. Pero no podían culparlos. Alguna vez había sido una joven rodeada por los brazos y alcanzada por las manos de un jovencito que la descubría (como ella también a sí misma) a sensaciones nuevas. Ante el fuego de la pasión de las primeras veces uno no sabe que seguramente habrá de quemarse, pero es ese ardor necesario que nos volverá más moderados con el paso del tiempo.


Una pareja un poco más adulta caminaba, lentamente, hablando entre sonrisas. Ella se ajustó el abrigo y tomó una golosina del paquete colorido, mientras iba de la mano, tratando de registrarlo todo a su alrededor. El hombre, alto y de hombros anchos, la observaba como hipnotizado, y un brillo le iluminaba los ojos verdes. Su cabello tenía algunas canas, que iban a tono con las de la barba, tupida y recortada de forma prolija, enmarcando el rostro y escondiendo una mandíbula cuadrada. Sus pasos iban sincronizados, aunque ellos no observaban sus pies, sino que se lanzaban miradas cómplices el uno al otro, mientras se compartían a veces algunas golosinas del paquete, riendo.


—Sabes que nos arrepentiremos de esta compra mañana, ¿no?


—Cualquier dolor de estómago o similar no se compara con las cosas que nos han ocurrido hasta ahora. Disfrutemos, mi amor... ¿recuerdas la última vez que hicimos esto sin que nos preocupe más nada?


Ella llevaba un pañuelo en su cabeza, cubriendo su calvicie, producto de las sesiones tan invasivas a las que asistía hace ya un año, para mantener a raya su enfermedad.


—No, no lo recuerdo. Pero sí sé que se siente como volver a la antigua rutina, a la normalidad.


—No sabes cuánto me gustaría poder brindarte otra normalidad distinta, tu mereces...


—Ese pensamiento que está a punto de salir de tu boca es una expectativa de lo que debemos o no tener a cambio por nuestras acciones. Un condicional que choca con lo real. Y lo real es que estamos juntos, pase lo que pase.


—Aún estás a tiempo.


—¿A tiempo de qué? ¿De salir corriendo y llevarme la bolsa de golosinas, quedándomela toda para mí solo? No me des ideas...


Ella sonrió. Él tenía un brillo serio detrás de su mirada, pero apuraron el paso para ocupar un banco de madera que estaba cerca del lago central del parque.

Un poco más alejados, si miraba a un costado llevando los ojos hacia el pasto verde que rodeaba el espejo de agua, había dos ancianos sentados sobre una manta que tenía un estampado a cuadros. Sus manos estaban apenas rozándose.


—¡Qué tarde preciosa!


—Sin lugar a dudas, mi amor.


—Hemos tenido tardes como estas y tardes algo más oscuras...


—¿Es en serio? ¿Vas a ponerte a filosofar en medio de este lugar? Tiene que ser la sexta vez en el día...


—Algunos perros no perdemos las mañas.


—Aunque pierdan el pelo.


Ambos rieron. Él saco de una canasta un termo y dos tazas nacaradas, que colocó en las manos de su amada.


—Como hace sesenta años, como la primera vez... ¿Acepta usted si la invito a un chocolate caliente?


—Cuántas tazas han pasado desde entonces, ¿no?


—Tantas como las que rompimos sin darnos cuenta.


—Tantas como las que rompimos contra las paredes, para volver a comprar otras.


— Tantas como las que aún adornan las alacenas de nuestra casa.


—Espera... ¿seguimos hablando de tazas?


—Cada una con su momento particular, único, a tu lado, amor mío.


—Sírveme el chocolate y calla. Sabes que no me gusta tomarlo frío.


Los besos, los dulces o las tazas compartidas. Los momentos de la vida que avanzan y no es sino hasta que pasaron, que podemos valorarlos en todo su esplendor, y a las personas que estuvieron allí junto a nosotros, mientras los vivíamos.


Ella caminó y dejó atrás el parque, perdiéndose en el intenso rojo de la luz del semáforo que la obligó a detenerse por un minuto. No volvió a mirar hacia atrás, estaba perdida en sus propios recuerdos. En una mirada, en un beso, en una caricia, en una taza de café que se había enfriado mientras la vida le había robado una parte de sí misma, para no devolvérselo jamás.


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